viernes, 13 de enero de 2012

LA CAMISA Y EL ESPEJO


Como cada día,  volvía del trabajo,  hoy un poco más tarde debido a que había quedado con unos amigos para cenar, al entrar a mi apartamento, ya era de noche, note como se colaba la luz por el balcón y me sorprendí al darme cuenta que la puerta del balcón estaba abierta… me extrañaba que algo así sucediera, ya que una de mis múltiples manías era cerrar puertas y ventanas antes de dejar la casa…
La brisa mecía la cortina y en la penumbra, pude distinguir tu cuerpo, sentado sobre mi butaca preferida, tus piernas estaban groseramente separadas, tu tronco inclinado hacia adelante mostrándome el escote de tu camisa, tus codos apoyados sobre las rodillas, tu cuello adornado por un collar de perlas, traías el cabello recogido y eso me permitía apreciar aun mejor lo que estaba viendo.
Hasta ese momento, había evitado mirarte a los ojos y fue entonces cuando observe tu  rostro y te vi, directamente a los ojos… Otra vez, como cada noche desde hacia cosa de mes, vos te metías en mi casa, en mi alcoba, en mi vida, en mi pensamiento. No era una carga incómoda, debo de reconocerlo pero me asaltabas de manera inesperada, me seducías y  me aturdías…
Allí estabas otra vez, y yo sorprendió, con esa mezcla de rabia y deseo que definía mi frustración, la cual se transparentaba en mi mirada, sabías que una cólera extraña y narcótica, nublaba por momento mi mente y más cuando se trataba de vos. Me acerque a vos, no sabía bien si era para sacarte a empujones de mi casa, de mi vida, o por el contrario, para poseerte salvajemente, con furia contenida. Pero mi mirada y mi sonrisa no podían negar lo que en realidad deseaba, me detuve a dos pasos de vos,  te mire de cerca, admire tu  osadía, el contorno de tus labios, el brillo de tu mirada, el escote pronunciado de tu camisa… tu camisa, la cual tomaste prestada de mi armario, solo sé que me era difícil recordar y respirar en ese momento.
- Hola, -me dijiste- como en un suspiro ahogado.
Pero no respondí, entonces subiste tu pie derecho por la cara lateral de mi pierna. Yo al igual que vos también te deseaba esa noche. Y yo lo podía ver en tu mirada, tu cuerpo mimoso hundido en la silla, en tu sonrisa. Tome tu pie, el cual llevabas enfundado en una bella sandalia de tacón, intentaste deslizarlo, pero yo retire el pie y acto seguido lo sentí en el pecho,  presionabas ligeramente el tacón. En ese  momento yo pensé que vos deberías de  haber venido gateando y suplicando que te dejara mamar mi pene en lugar de estar exigiendo.
Pero al levantar tu pie, también me dejabas ver tu tesoro, regalándome una vista provocadoramente sensual, ya que no tenías ropa interior. Me miraste a los ojos y esa mirada era un reto, deslice mi mano por tu pierna, inclinándome para llegar hasta tu pubis, separar tus labios vaginales y tocar tu clítoris, todo sin perder contacto con tus ojos, que en este momentos permanecían cerrados, acusando el placer que te daban mis caricias. Al explorarte, note un hilo, de momento me extrañó, pero al instante comprendí de qué se trataba.
- ¡¡Niña!! Viniste armada, te susurre. Mientras manipulaba el hilo de tus bolas chinas.
Bien sabía los estragos que podía causarte al halar suavemente ese hilo, sin sacar lo que lo sostenía, la simple manipulación de ese hilo, me hacía hervir la sangre  y a ti también, como si eso nos conectara. Con mi dedo, hundí aun más el artefacto de placer que llevabas escondido, tú abriste los ojos grandes y contuviste la respiración, te dedicaste a verme mientras jugabas a empujar y sacar. De momento al borde de un orgasmo me sujetaste por la nuca, y me besaste, casi comiendo mi boca con pasión, pero más con furia, con reclamo. Mientras yo al borde del placer y en ese momento me detuviste, robándome el placer. Cosa que yo no se tomar muy bien, te empuje, y tu trataste de aferrarte, mientras tratabas de cerrar tus piernas, te tome por los brazos, apoyando tu peso sobre el mío y volví a besarte hasta que te hice ceder… después me retire dejándote en el sillón, sola.
Sola y caliente… bajaste tu falda, acomodaste tus zapatos en tus pies y te dispusiste a marcharme, cosa que no estaba dispuesto a permitir, cuando ya estuviste de pie, te  tome por la muñeca y te hale con fuerza, agarrándote por la nuca, halando tu cabello, te clave un beso, mientras tus manos se interponían entre tu pecho y el de mío, fuimos cediendo, convirtiendo nuestro forcejeo en un abrazo, entonces yo retire mis manos de tu cintura para acariciar tus senos, mientras chupaba tu cuello.
Pero vos no olvidabas con tanta facilidad, y mordiste, mi hombro, fuerte,  soltándote al instante, producto de la sorpresa y del dolor, y giraste para fugarte, querías dejarme frustrado, pero te tome de nuevo del brazo, y te arrastre así por el salón y me senté frente al espejo, contigo aun tomada del brazo, entre las tantas posibilidades, habría deseado sin duda darte de nalgadas, hasta dejarle el culo caliente, se que lo merecías por provocarme intencionalmente. Pero en lugar de eso, te abrace por la cintura, tomándote por las caderas y atrayéndote hacia mi, acaricie mi cabello, mientras yo subía tu falda, aspire tu pubis, la bese. Mientras vos cedías a cada envite, abriendo tus piernas para gozar de mis lamidas, mis chupones, mis besos. Levante tu pierna, para poder hundirme en tus entrañas, te deshiciste de la falda, mientras yo dabas buena cuenta de tu sexo, hundiéndome en ti, mientras te acariciaba los senos. Yo había evitado a propósito rozar el hilo, lo hale un poco, sólo un poco, y escuche vuestro gemido profundo, te acariciabas las nalgas, no pudiendo resistir meter mis dedo en ellas. Lo que habría dado por ver tu rostro, en ese momento…
Para vos debió ser tortuoso estar parada solo sobre un pie, en aquellos tacones, pero la delicia de las caricias, te obligaban a soportar la postura. Mi lengua sobre tu clítoris, hinchado, caliente, sensible a reventar y mi dedo en tus glúteos, te tenían de nuevo al borde, ya no lograbas contener los gemidos, que saltaban de tu boca, fue entonces cuando hale de un solo movimiento el hilo, provocando tu orgasmo y liberando la presa de tus jugos …
Me separe para poder respirar y Me detuve a mirarte allí de pié, cerrando fuertemente tus mulos, con aquella camisa a medio abrir y parada en aquellos tacones altos. Me pare y te bese, te abrace, vos podrías ser una puta, pero me tenía perdido. Y eso no dejaba de incomodarme.
Me separe de Ti, dando un paso hacia atrás y me sentaste en un sillón frente al espejo, fuiste hacia mí, y al verte caminar ese breve trecho, fue una gozada para mí, te subiste sobre mí, quién aun estabas vestido y con el pene a reventar. Al notarlo bajaste tus manos hacia mi pantalón, me acariciaste por encima y liberaste mi pene de la presión, te deshiciste de mi pantalón y de mi bóxer. Mientras yo te despoje de la camisa, volviste a montarte sobre mí, a besarme mientras yo te llenabas de caricias los senos, los amase y los bese.  Y los besos se transformaron en chupones, mordiscos, desde tus senos hasta tu cuello y de vuelta.
Vos  acariciabas mi pene, querías sentirlo dentro. En eso estabas cuando te detuve, te hice levantar y darte vuelta, quedando tu cuerpo desnudo ante aquel espejo, sólo con  el collar y las sandalias. Así te admire un rato, por delante con la ayuda del espejo, por detrás… por detrás no necesitaba ayuda.
Te cogí de las caderas y te hale hacia mí. Dirigiendo mi pene a vuestra vagina, lo ensarte, de una vez, con fuerza. Disfrutando de la visión del espejo, vos completamente abierta, con vuestro tesoro expuesto, tragándote por completo mi pene. Mis manos recorrieron vuestro cuerpo, clavándose en vuestros senos, mientras nuestros movimientos se acompasaban y se hacía más rítmico.
Una y otra vez penetre vuestras carnes, saliendo casi completamente de ti para después volverte a hundir.
Ahora los gemidos de ambos se comenzaban a confundir, mis manos bajaron por vuestras caderas, mientras la visión de la cópula, elevaba mis sensaciones a mil…
Hasta acabar los dos en un largo orgasmo, a la vez  el cual nos hizo gemir de forma diferente. Yo permanecí dentro de vos todo lo que pude, mientras vos reposabas en mi pecho, mezclando nuestros sudores.
Cuando el sueño nos venció, reposabas entre mis brazos, vuestra espalda en mi pecho, y mis manos acariciando vuestros senos, vuestras nalgas contra mi pene. Y  así nos dormimos.
Pasadas dos o tres horas, no supe cuantas, me desperté de nuevo, sólo en tu cama, no había rastros de vos por ningún lado…
Y frente a la cama sobre una silla, solo estaba la camisa

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