viernes, 13 de enero de 2012

UNA NOCHE CON VOS


El aburrimiento del sinsentido del zapping televisivo me empujo a fumar un cigarrillo mientras recorría las calles de la ciudad, calles conocidas de memoria, de una ciudad  que ya no ocultaba secretos para mi, donde había nacido, a donde había regresado después de varios años de vivir fuera y donde me sentía que estaba encerrado en un sopor asfixiante, sin placeres que descubrir. Definitivamente ya no hay nada para mí, pensaba mientras recorría el intricado laberinto de callejuelas del barrio distinguido que me encaminaban hacia el centro. La noche estaba en su apogeo y no se cruzo más que un perro y algún taxi. Así me gustaba, era el único momento en el cual podía caminar absorto en mis pensamientos sin tener que prestar mucha atención a mí alrededor.
Llegue al centro, las luces y el aumento del tránsito me sacaron del loco mundo que encierra mi mente, había mucha gente a pesar de la hora, pero en definitiva esta ciudad es así, nunca duerme. Me encamine hacia la avenida principal, donde se encontraba el café donde todos estos días, después de mi llegada me sentaba en la misma mesa, pedía como siempre un café doble y el diario, donde me ponía a leer indiferente a todo lo que pasaba a mi alrededor.
Esa noche fue igual, no había un porque para cambiar. Me senté y no hizo falta pedir nada, el mismo mesero de siempre me trajo el diario y el café. El café estaba casi vacío, en la barra estaba un hombre de traje charlando amenamente con el bartander mientras apuraba su vaso de vino, en la otra punta una pareja discutía, pero no logre entender porque, y los dos meseros de siempre.
 En la calle pasaban las personas que salían del teatro que quedaba a una cuadra, señal que pronto las calles quedarían casi desiertas, solo quedarían algunos indigentes juntando el cartón que los locales céntricos a diario dejaban por doquier en las calles  y algún que otro noctámbulo solitario como yo. Leyendo la sección de policiales nunca me imagine que estaba a punto de cambiar mi vida para siempre.
Se abrió la puerta del local y como reflejo de cualquier persona que está sola en un café, levante la mirada para ver quién era y tus ojos, como un rio de montaña en deshielo, se inundaron de belleza y todos mis pensamientos quedaron eclipsados por la imagen que acababa de ver.
 Sin disimulo pose el diario sobre la mesa y  comencé a mirarte. Una mujer hermosa, no muy alta, atractiva, de sencilla elegancia y con cierto aire de distinción.  Entraste y te sentaste a dos mesas de la mía enfrentado a mí, le pediste al mesero un capuchino y te pusiste a leer tu agenda. Tenías puesto una linda falda que dejaba entrever por debajo de la mesa unas piernas perfectamente torneadas, la blusa holgada que sugería una figura curvada con un torso perfecto. Hipnotizado por ti me detuve en tu rostro angelical. Tu cabello negro suavemente rizado, enmarcaba tu rostro y una hermosa sonrisa embellecía tus mejillas. Tu piel era bronceada y brillante, tus labios perfectos, gruesos y profundos, eran carnosos, tu nariz perfecta encajaba a la perfección en tu semblante. Seguí subiendo hasta encontrarme con tus ojos, ojos de un negro profundo, con rasgos estilizados y con un brillo descomunal.
Como es habitual cuando uno se siente observado, tú levantaste la mirada de tu agenda para ver de dónde provenía esa energía observadora y nuestras miradas se cruzaron. Para mi asombro, yo que era preso de una timidez que rondaba casi en el ridículo, no baje la vista y sentí una conexión nunca antes experimentada.
 Nos  miramos un rato y vos volviste  la  mirada a tu agenda; yo no pude volver a leer el diario. Terminaste tu capuchino y pidiste la cuenta, pagaste y antes de levantarte me dirigiste una mirada con fuego y te encaminaste hacia la puerta. Sin darme un poco de tiempo para reflexionar me levante de la mesa y fui tras de vos. Para mi sorpresa vos ya me estabas esperando a unos metros del café y sin mediar palabra comenzamos a caminar. Solo nos mirábamos y caminábamos.
Llegamos a la puerta de un hotel reconocido de la zona y entramos, subimos en el ascensor a la habitación y estallamos como un volcán en una delicada lujuria. Comenzamos a besarnos en el pasillo y sin soltarnos abrimos la puerta. Suavemente comenzaste a desabrocharte la blusa dejando al descubierto tus pechos erguidos. Mientras tus manos recorrían la suavidad de mi espalda y con tu boca me besabas el cuello.
Hábilmente desabroche con una mano tu sostén y te besaste los pezones que comenzaban a erizarse.
 En el furor de la pasión caímos abrazados en la amplia cama típica de hotel. vos me desabrochaste el cinturón y ayudada por mis piernas fuiste bajando mi pantalón dejando al descubierto mi prominente erección. Ya desnudos y sin dejar de besarnos ni siquiera un instante de pronto me encontraste con tu pubis suave y haciéndote desear fui bajando lentamente hasta encontrarme con tus mojados labios. Con un suave movimiento circular jugue con tu clítoris sintiendo como vos comenzabas a retorcerte y a gemir a causa del placer que te estaba regalando. Entregada totalmente al éxtasis dejaste de resistirte y comenzaste a acabar una y otra vez mientras con tus manos sentías el calor de mi dureza bajo mi suave fricción. Yo me subí arriba de ti y me balance primero suavemente, subiéndo la velocidad a medida que aumentaba tu éxtasis. Cambiamos de postura una y otra vez como queriendo recuperar todo el tiempo que habían tardado en conocerte hasta llegar juntos a un mágico clímax acabando al mismo tiempo. Caímos boca arriba en la cama presos de ese inigualable jadeo posterior al orgasmo. Tomamos aire, nos volvimos a mirar como en el café y volvimos a hacer el amor dos veces más hasta caer completamente rendidos y quedarnos dormidos sin haber siquiera cruzado una palabra.
A la mañana siguiente abrí los ojos después de un profundo sueño que hacía años que no me acompañaba y para mi asombro estaba solo en la cama. De un salto me levantaste y me dirigí al baño, pero no, te habías ido y ni siquiera sabía si volverías esta noche. Pedí el desayuno y mientras me tomaba el café, fui vistiéndome. Baje y quise pagar la habitación, pero vos ya lo habías hecho así que me dirigí caminando hacia mi casa sin poder sacar de mi cabeza la belleza atrapante de tu rostro que jamás podría olvidar. A partir de esa noche, volví al café todos los días pero ya no leía el diario, solamente me sentaba con mi café mirando hacia la puerta con la esperanza de volver a verte entrar…

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